El tercer oficial inicia su guardia en el puente de mando. Un termo de café cargado le espera junto al parte de incidencias del oficial saliente. El barco navega por un mar envuelto en una niebla permanente. Nunca vamos a saber lo que se oculta tras el horizonte. El ruido de los motores compite con el graznido de un pájaro y el soplo incansable del viento del norte. Una vista cenital muestra la deriva del barco hacía algún punto perdido en un infinito sin conciencia. Las comunicaciones están cortadas. No hay contacto ni conexión con el mundo civilizado. No se sabe si por problemas del sistema o porque ahí fuera ha pasado algo y ya no queda nadie. Se ha ordenado proveer a la tripulación de vestuario de abrigo, e incluso facilitar algunas prendas para el pasaje. El viaje resulta ser más largo de lo previsto y el tiempo se ha enfriado. El tercer oficial observa los detalles. El plano corto nos acerca a un drama con algunos toques de comedia fruto de la coexistencia de dos sociedades ...
Si supiera cómo, le hubiera pedido perdón, pero me temo que cualquier explicación resultaba superflua. Aproveché la tregua impuesta por las instrucciones de aterrizaje del sobrecargo. Ordené mis cosas para evitar olvidar algo. No quería sumar al desgarro de la separación el bochorno de los objetos olvidados. Julia despertó, me miró y le sonreí. Pensé para mis adentros que me estaba comportando como un traidor. ¿Pero de qué iba a servir preparar el terreno con gestos desagradables? Todo drama tiene su momento y el nuestro iba a llegar en el aeropuerto del Prat. Esta vez estaba completamente decidido, se separaban nuestras vidas: tú a Boston y yo a California, o por ser menos peliculero, tú a la casa de Gracia y yo con mis padres. Ser el que toma la iniciativa del divorcio me obligaba a renunciar al domicilio común. Mala suerte. Pero a cambio, con mis padres iba a tener el frente doméstico resuelto. Nos levantamos de los asientos cuando nos llegó el turno y con los nervios por poco...