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EL CONCURSO

Se ciñó el casco y lanzó una última mirada al espejo. Segura de su elegancia, fue caminando hasta el patio. Los dos tapices colgaban de los bastidores, ocultos por telas blancas. En una mesa, las sirvientas habían dispuesto jarros de agua fresca y fuentes con higos y uvas pasas. El incienso de un pequeño brasero perfumaba el ambiente. Las tres juezas esperaban de pie el momento de comenzar su trabajo; estaban acompañadas por gentes curiosas que habían acudido al acontecimiento. En un extremo del patio, su insolente competidora, sola, descalza y vestida con una vieja túnica, miraba al suelo. Se oía el ruido de los telares del taller contiguo, en el que las tejedoras trabajaban sus encargos.

El ama se volvió hacia el público. Quería verlos deslumbrados por la vibrante escena representada en su obra, en la que ella misma salvaba a la ciudad del monstruo. Ordenó que se descubrieran los tapices. Cayeron las telas blancas y se escucharon exclamaciones de sorpresa. Miradas furtivas dirigidas a la dueña indicaban que ocurría algo extraño. Su adversaria levantó la vista del suelo; su mirada estaba bañada de orgullo.

Atenea se dio la vuelta. Tuvo que dar un paso atrás. La imagen de un toro rebosante de fuerza, acarreando a una joven, le erizó la piel. Qué potencia, qué color, qué fuerza en los detalles, qué belleza la de la joven montada sobre la fiera.

A su pensamiento acudieron historias contadas en voz baja sobre raptos, disfraces y otros engaños relacionados con las aventuras amorosas de su padre. La joven, que en el tapiz era raptada por el toro, tenía la misma cara que aquella pobre chiquilla que unos años antes jugueteaba por ese mismo patio. Las murmuradoras se habían dando cuenta y lo iban a pregonar por toda la ciudad.

Y ya nada pudo contener su ira.

—Desgraciada —dijo el ama dirigiéndose a la muchacha.

La hilandera, empezó a ser consciente del agravio.

—Perdón, no quería ofenderte —dijo entre sollozos.

—Atrevida, desvergonzada —continuó Atenea con rabia descontrolada —has envilecido el arte que te he enseñado para insultar a mi familia.

Y cogiendo el huso de una rueca, se lanzó a golpear a la pobre moza.

Las mujeres del jurado, que habían prometido conducirse con ecuanimidad, se alegraron de no tener que decir en voz alta quién había ganado el concurso, aunque era evidente que el arte de la pobre mortal era muy superior al de la diosa.

Por su parte, las tejedoras terminaron el día discutiendo sobre qué había enfurecido más a su dueña, si la impresionante perfección de la obra de Aracne o el escarnio que el tapiz lanzaba sobre el amo viejo.


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