Lo mejor es que estoy cerca del centro de la ciudad y que puedo ir a correr por las riberas del Ebro con facilidad. El piso no me gusta, para qué voy a mentir. Y los muebles, menos. Todo es muy viejo, antiguo, decimonónico es la palabra que mejor lo define. Hasta tienen una placa en el portal dedicada a un individuo que vivió por aquí. Y lo de la habitación cerrada, no tiene nombre; yo creo que no es ni legal.
Pero no estoy aquí para divertirme. Tengo una tarea que cumplir. La oportunidad es inmejorable. Convocatoria de oposición con casi doscientas vacantes de golpe. Con la nota que saqué en marzo obtendría plaza seguro. Por eso he convencido a mis padres y me he venido a Zaragoza. Para concentrarme en el estudio, poder ir a la academia todos los días y no perder el tiempo con tonterías.
Me engaño a mí mismo. No perder el tiempo con tonterías es sacar a Silvia de mi cabeza. En el pueblo es imposible, me la encuentro por todas partes, a ella, a su familia, al mastuerzo con el que se ha ido. Pero lo pasado, pasado está. Si prefirió a Sergio, que les aproveche a los dos. Fuera Silvia de mis pensamientos. Siempre hay que mirar hacia adelante.
Todo esto lo pienso mientras distribuyo la comida por los armarios de la cocina y los estantes del frigorífico. He hecho una compra de todo lo que puedo necesitar para los próximos meses. En el día a día, iré a por el pan y las cosas frescas. Pero lo prioritario es estudiar. He colocado un cartel en la sala que pone: “prohibido procrastinar”. ¿Servirá de algo?
La distribución de espacios es importante. Las comidas, en la cocina. El baño para lo que está, no hay que leer sentado en la taza del váter. Dormir en la habitación y la sala solo para estudiar. Ni ver la tele ni oír música. Solo estudiar. Podría haber utilizado la habitación que hay al final del pasillo de cuarto de estudio, pero imposible, porque está cerrada con un enorme candado. Ahora, el alquiler me ha salido más barato así. Miras en la página de “El Idealista” y no encuentras un piso por la zona de Conde Aranda por este precio.
El caso es que el propietario es un tipo bien raro. Vive aquí cerca. Me llevó a su casa para firmar el contrato de alquiler. Lo redactó con una máquina de escribir antigua, de marca “Underwood”. Hizo una copia, con papel carbón. Firmamos y listo. Me dijo que cada mes vendría por casa a cobrar. Ni transferencia bancaria, ni tarjeta; pago en efectivo, trescientos euros. También comentó que en alguna ocasión tendría que venir al piso para ir a la habitación cerrada.
No le pregunté qué había en esa habitación. De pequeño me habían enseñado a no manifestar la curiosidad. “No chismorrees” me decía mi madre cuando hacía preguntas a las visitas. Pero la curiosidad existe, es como un roedor que da vueltas por dentro de nuestro cerebro. ¿Por qué hay puesto un candado? ¿Qué esconderá en ese cuarto? ¿Dinero? ¿Joyas? ¿Cosas robadas? ¿Algún muerto?
Le tenía que preguntar al portero. Seguro que él sabía algo. Mientras tanto, miré a la mesa para releer de nuevo el título del tema que tenía que estudiar esa tarde: “Las potestades administrativas”. Apasionante. La facultad reconocida por las leyes para que la Administración actúe protegiendo el interés general. Y al pensar en el concepto no podía sacar de mi cabeza a Silvia y las risas que le entraban cuando recitaba el tema: “las potestades administrativas se clasifican en regladas y discrecionales” y se enredaba con la palabra discrecional. No la pronunciaba bien, pero eso a mí no me importaba.
Ya llevo un mes aquí. Vuelvo corriendo del azud por la margen derecha, pasado el molino de san Lázaro y la arboleda de Macanaz, cruzo el puente de Santiago y sigo caminando hasta llegar a casa. Me quiero duchar antes de que llegue el propietario. Hoy es día de cobro y a las diez de la mañana se plantará en casa, supongo que con el recibo preparado. Mis seis billetes de cincuenta euros están sobre la mesa de la cocina. Tengo curiosidad de ver si tendrá que pasar a la habitación cerrada. En tal caso igual puedo echar un vistazo disimuladamente.
A Remigio, el encargado, no conseguí sacarle nada interesante, a pesar de que me consta que lleva muchos años trabajando aquí. Me dijo que ha habido muchos inquilinos en el piso y que cuando les va conociendo, se marchan. Eso es todo lo que me ha dicho. Le he preguntado directamente si el propietario había vivido en el piso y me ha contestado que tiene que ir a comprar manzanas porque es un remedio muy bueno para la acidez de estómago.
Llego a casa, me ducho, me visto y espero al dueño. A las diez en punto se oyen unos golpes en la puerta. Yo diría que el timbre funciona, pero el señor golpea la puerta con sus nudillos. Ahí está el propietario. Le invito a pasar pero me dice que no hace falta. Voy a por el dinero, me entrega un recibo escrito a máquina, se despide y se marcha. Antes se queda parado, a dos metros de la puerta de enfrente, el 4º B. Noto que hay alguien observando por la mirilla y el dueño devuelve la mirada. Supongo que es la vecina, que debe ser muy cotilla. El señor se va y yo me quedo con la misma curiosidad de siempre y el tema de “la actividad de fomento de las administraciones públicas” por estudiar.
En este primer mes no se puede decir que esté cumpliendo el plan establecido. No he llegado a dar la primera vuelta al temario y tenía que estar empezando el primer repaso. Ni siquiera he empezado los supuestos prácticos. En la academia las cosas van regular. El profesor de gestión económica no se aclara. Y no me olvido de Silvia: su risa, su olor, sus pechos. Lo único que está funcionando medio bien es lo de hacer ejercicio. Lo demás va bastante regular.
La jurisdicción contencioso administrativa. El que inventó este tema quería complicar la vida a los opositores. Un procedimiento judicial en la Administración no se parece en nada a lo que vemos en la tele. Todo por escrito, no se habla nada.
En la pantalla del móvil veo que acabo de recibir un mail de Silvia. Saltándome toda la disciplina de estudio que tenía acordada conmigo mismo, dejo el tema y abro el correo. Me cuenta que tiene que venir mañana a Zaragoza a una entrevista de trabajo y me propone quedar a comer juntos en “Los Espumosos” de la calle Sagasta. Ni siquiera se molesta en preguntarme cómo estoy.
Dudo entre contestar inmediatamente o demorar la respuesta para parecer ocupado y no dar la impresión de estar pendiente de los mensajes. Empiezo a pensar en la comida de mañana. ¿Será una visita de cortesía? ¿Querrá algo más? ¿Se habrá dado cuenta ya de que Sergio es un soso y un cretino?
No puedo evitar hacerme ilusiones y en un folio escribo un árbol de variantes. Alguna de ellas termina visitando el piso y con los dos acostados en el dormitorio.
No voy a dilatar la respuesta. La esperaré a las dos del mediodía en “Los Espumosos”. Como el estudio ya se ha arruinado decido salir a correr. La ventaja que tiene el ejercicio físico es que le puedes dar todas las vueltas que quieras a la cabeza y soñar con lo imposible.
Al día siguiente, a la hora prevista, estoy como un clavo en el punto de cita. Me pido una cerveza con limón y consulto distraídamente el móvil. Pasan diez minutos, pasa media hora y por fin, con cuarenta y cinco minutos de retraso, Silvia se presenta lozana y sonriente. Ni explica la tardanza ni pide perdón, pero su cara es maravillosa. Nos damos unos tímidos besos y se pone a contarme la entrevista. Opta a una plaza en un centro de datos, de lo suyo, de ingeniero. Cree que tiene posibilidades y que podría olvidarse de preparar oposiciones. Tendría que venir a vivir a Zaragoza. Me dice que está cansada del pueblo, que me envidia por haberme venido a la ciudad. Ni se imagina que vine aquí huyendo de su recuerdo.
Me pregunta cómo es mi piso. Tras la comida y el café vamos paseando a Conde Aranda. Le enseño la vivienda. Coincide conmigo en que el mobiliario es rancio. Pero se emociona cuando descubre el cuarto del final del pasillo. Se acerca a la puerta y dice que sale un olor raro de dentro. Yo no noto nada, pero ella insiste. Es muy testaruda cuando quiere. Me propone abrir el candado con una horquilla, que ella sabe hacerlo. Le digo que ni se le ocurra. No quiero ni pensar en lo que puede haber ahí dentro. En ese momento pega un grito que me hiela la sangre. Está mirando el móvil. La empresa con la que ha tenido la entrevista le propone pasar a la segunda fase de la selección. A partir de ahí es pan comido, me dice. Tendrá la próxima entrevista en dos días y tiene que aportar un montón de documentación. Se va al pueblo para prepararse, pero antes me dice, con una sonrisa encantadora, que cree que le ha dado buena suerte quedar conmigo en “Los Espumosos”, por lo que propone volver a repetir nuestra cita, exactamente igual, pasado mañana. Optimista, salgo al balcón para ver cómo coge un taxi y se marcha a la estación de autobuses.
No he podido dormir pensando en lo que ha ocurrido. No paro de hacerme ilusiones. Los temas de la oposición van a tener que esperar porque no me concentro.
Suenan unos golpes en la puerta. No es día de pago, pero indudablemente es el propietario. Cuando abro veo que está de espaldas, mirando fijamente, se diría que con descaro, a la puerta de la vecina. Entre estos dos hay algo. Le preguntaría a Remigio pero el portero no es nada claro dando información.
El señor lleva una maleta de ruedas, una silla plegable y un pañuelo de tela en la mano. Se vuelve hacia mí y entra directamente en mi casa. Se dirige a la habitación del fondo del pasillo. Abre el candado, entra con la maleta, cierra la puerta y enciende la luz. No me ha dado oportunidad para ver nada, aunque me parece notar una oleada de aire frío que contrasta con el calor del verano.
Espero en la sala pacientemente. No se oye ningún ruido. Tampoco noto el olor extraño que dijo Silvia.
Por discreción me quedo sentado en la mesa, de espaldas al pasillo, intentando estudiar el procedimiento sancionador en la Administración Pública. Pasadas dos horas me empiezo a preocupar. Espero que no le haya dado un infarto, se habría oído algo, un ruido, una caída. Pero igual me he dormido, este tema es muy aburrido. Dudo si acercarme a la puerta y preguntarle al señor si está bien, si necesita algo. Pasadas tres horas me levanto para ver qué pasa. Me acerco a la puerta y para mi sorpresa la habitación está cerrada, con el candado puesto, y no se ve la raya de luz por debajo de la puerta. Pienso que el dueño del piso se habrá ido silenciosamente sin despedirse y que yo no me habré dado cuenta, aunque me parece muy raro. Un escalofrío recorre mi cuerpo. Me asomo a la mirilla pero no se ve a nadie en la escalera. Le podría preguntar a la vecina, que seguro que ha controlado las idas y venidas del dueño, pero no me quiero arriesgar a estrechar confianzas con ella.
Al día siguiente estoy como un clavo en “Los Espumosos” esperando a Silvia. Han pasado solo dos días desde su primera visita y no he parado de fantasear. Llega muy contenta a la cita. La han contratado. Va a olvidarse de las oposiciones y venir a Zaragoza a trabajar. Lo celebramos premiándonos con todas las exquisiteces de la carta, patatas bravas, doble de calamares, jamón con chorreras. Vamos a casa y en el portal nos cruzamos con una pareja de vecinos brasileños, Nina y Tiago, que son muy majos. Le comento que las noches de esos dos son gloriosas. Les oye todo el edificio. Sonríe con picardía. Continuamos en la sala bebiendo unas cervezas, el único alcohol que, con la excusa del calor, me había permitido comprar. Nuestras manos se cruzan, la fortuna me sonríe, no sé cómo, pero acabamos en la cama, imitando a los brasileños, aunque lo nuestro ha sido un polvo silencioso. Solo con risas y jadeos. No me atrevo a decir nada, ni palabras cariñosas ni declaraciones de amor. No sé si por parte de Silvia es un desahogo o una vuelta a la relación. Cierro los ojos y me quedo profundamente dormido.
Me despierto de pronto porque oigo un grito. Es Silvia, que ha salido de la cama y está en el pasillo. Exclama que lo ha conseguido y me temo lo peor. Descalzo y casi desnudo salgo de la habitación y la veo con el candado en una mano y una horquilla en la otra. Todavía no ha abierto la puerta de la habitación cerrada. Le pido que vuelva a poner el candado en su sitio, que el piso lo he alquilado yo y que no quiero tener problemas. Se ríe de mí. Me pregunta si no quiero saber si hay algún cadáver escondido en la habitación. Le contesto que ha leído demasiadas novelas, aunque en el fondo temo que, si entráramos, pudiéramos encontrar algo así.
La discusión se interrumpe por una llamada de teléfono. Es Sergio, dice con una mirada culpable. Se va a la cocina a hablar con él mientras yo me quedo en el pasillo, medio desnudo, con la espalda apoyada en la puerta de la habitación misteriosa. Hablan en voz baja. Después de un buen rato oigo un beso lanzado al aire de despedida.
Me da recuerdos de parte de Sergio y me cuenta que ellos tienen una relación abierta. Han decidido que Sergio se vendrá a Zaragoza para vivir los dos juntos. Su familia tiene un piso desocupado en el ACTUR. A ella le va a venir de perlas porque el trabajo es en Villanueva de Gállego, a pocos kilómetros. Sergio puede ir y volver al pueblo todos los días para encargarse de la explotación agraria de su familia.
Me quedo sin respiración. No soy capaz de imaginar la cara de imbécil que debo estar poniendo. Me pregunta si no la felicito y con muy mal gas le contesto que por qué le tengo que felicitar, si por abrir un candado sin la llave, o por convertirse en un peón de las nuevas tecnologías en un centro de datos, o por su futura convivencia abierta con el estúpido de Sergio. Sin decir palabra, Silvia recoge sus cosas y sale de casa. Ni siquiera da un portazo.
Adiós a Silvia, adiós a las oposiciones, porque ponerme a estudiar con este choque emocional va a ser imposible. Adiós a Zaragoza y a mi piso en Conde Aranda. Va a tener razón Remigio con lo de que todos los inquilinos duran poco tiempo.
De pronto me doy cuenta: Silvia se ha llevado el candado. Adrede o por despiste. En el suelo hay una horquilla de pelo, pero el candado no está por ninguna parte. Me acerco a la puerta, cojo la manilla, podría entrar en la habitación cerrada, pero sería como darle la razón a Silvia. Al final puede más la curiosidad, abro la puerta y enciendo la luz. Una pálida bombilla colgada del techo alumbra una estancia de unos diez metros cuadrados. La ventana, entreabierta, da al patio de luces. En las paredes hay unas marcas extrañas y el pañuelo del dueño, arrugado, está abandonado en el suelo.
Completamente desconcertado me dirijo a mi cuarto a preparar el equipaje. Me voy a volver al pueblo y abandonar el piso, por lo que me da igual que el dueño sepa que hemos entrado en su habitación secreta. Ni pensar en recuperar el candado. Que diga lo que quiera.
Hablo con Remigio. Me invento una historia. Que me tengo que ir urgentemente por un problema familiar grave, que no encuentro al dueño en su casa, que por favor se encargue el de devolverle las llaves, que está todo en orden.
El encargado me observa fijamente y se echa a reír de una manera siniestra.
Desconcertado le pregunto qué pasa y, con una mirada inquietante, me responde:
—No eres el primero, ni serás el último que huye. ¿Pero qué demonios habrá puesto el viejo en esa habitación que todos los inquilinos se van corriendo?
Sin saber qué contestar abandono a toda prisa la casa de Conde Aranda, cojo un taxi que me lleve a la estación de autobuses y al ir a pagar noto un objeto extraño en el bolsillo. En mi mano aparece la horquilla de Silvia. No recuerdo haberla cogido, pero tengo claro que no quiero conservar ningún recuerdo del piso de Conde Aranda; sin pensarlo dos veces, la tiro a la papelera.

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