Ir al contenido principal

LA CUADRA

Al fallecer mi padre, mi madre se encargó de administrar la finca del pueblo. Viajaba desde Valencia todos los meses para controlar la situación, nos traía vino y aceite a todos los hermanos y nos contaba las novedades.

—¿A qué no sabes quién ha salido elegido concejal? —me preguntó después de una de sus periódicas visitas. Se acababan de realizar las primeras elecciones municipales de la democracia, en 1979.

Me preparé para una historia de política. Las cosas del pueblo siempre habían estado teñidas de oscuro desde que en julio de 1936, mis padres, recién casados entonces, tuvieron que salir escondidos en un carro para que no les mataran los rojos.

A veces, de pequeño, viajaba al pueblo con mi padre, solos los dos, en uno de esos trenes de madera tirados por una máquina de vapor. Era diferente que cuando íbamos toda la familia juntos, porque él no se preocupaba de lo que yo hacía, al contrario que mi madre, que siempre estaba encima:

Pero aquella vez mi madre estaba embarazada y no vino con nosotros. Mi padre me compraba un tebeo para que estuviera entretenido y se dedicaba a sus cosas. Él aprovechaba el viaje en tren para estudiar sus pleitos y preparaba las vistas hablando con voz queda exponiendo sus argumentos ante el juez.

A mí me daba un poco de vergüenza que hablara solo y miraba de reojo a los otros viajeros por ver si se reían.

Al llegar a la estación nos esperaba el taxista, al que por aquel entonces se le llamaba el mecánico. El tren no llegaba hasta el pueblo y un coche venía a recogernos, conducido por Paco, que vestía siempre con chaqueta y pantalón de tela, camisa blanca, corbata corta y mocasines.

Paco nos saludaba ruidosamente al tiempo que cogía la maleta.

—Don Pedro, ¿Ha tenido buen viaje? —y a mí me decía— qué tal, campeón.

Yo no sabía qué contestar. Además, no sé por qué me llamaba campeón, no había ganado ninguna competición.

La distancia al pueblo era de veinte kilómetros por una carretera estrecha llena de curvas; se tardaba casi media hora. Mi padre aprovechaba para conocer las últimas novedades que Paco le contaba: las previsiones de la cosecha, los líos en la cooperativa, quién había comprado tierras y cosas así.

De pronto, Paco bajó la voz para que yo no le oyera.

—Ayer apareció muerto el hermano de Emilia.

Me hice el distraído mirando mi tebeo, pero me esforcé en escuchar la conversación. Mi padre se había revuelto en el asiento. Emilia era la mujer de Pascual, el labrador que se encargaba de “la Rabosera”, una de las fincas de mi padre.

—¿Muerto, cómo? —preguntó en voz baja

—Apareció ahorcado, en la cuadra de su casa —dijo Paco

—¿Un suicidio? —preguntó mi padre.

—Eso dijo la guardia civil, don Pedro —contestó con poca convicción Paco— pero ya sabe lo que se comentaba de él.

Se hizo el silencio, mi padre estaba pensativo. Cuando llegamos al pueblo le oí decir en voz muy baja.

—Esto tiene que terminar, no puede seguir así.

Como siempre, lo primero que hicimos fue ir a la iglesia a rezar una salve a la virgen, mientras Paco llevaba nuestra maleta a casa de mis tías. Al salir de la iglesia fuimos hasta la casa familiar que estaba a dos minutos. Ahí habían nacido mi padre y sus seis hermanos.

Era una casa grande, de dos pisos comunicados por una gran escalera de caracol, amplias estancias y un patio grande al fondo, en el que se encontraba un pozo y el cuarto del retrete.

La puerta de la calle solo se cerraba cuando salían de casa. En la entrada había una sala grande en la que se hacía la vida. Mis tías nos estaban esperando sentadas en sus mecedoras. Mi padre saludó deprisa y me dejó ahí; dijo que tenía que visitar a alguien. Mis tías me dieron besos y gaseosa de papel, hecha con agua fresquita y me preguntaron por el colegio. Ellas me animaban a ser misionero de mayor, con las barbas largas y la túnica blanca, convirtiendo a la fe cristiana a los negritos de África. Yo tenía más ganas de ser piloto de carreras, pero no se lo quería decir porque no lo iban a entender.

Vi a mi padre volver al poco rato y saludar desde la puerta; se fue a casa de Concha, la vecina, a llamar por teléfono. Entonces había muy poca gente con teléfono y se hacían las llamadas desde las casas que los tenían.

Cuando volvió estaba muy serio.

—Mañana me iré a primera hora con Paco. Voy a Murcia a ver al gobernador civil.

Mis tías no dijeron nada pero se miraron con cara de circunstancias.

La cena transcurrió en un silencio tenso. Mi padre movía las manos y los labios, debía estar preparando lo que le tenía que decir al gobernador.

Me acosté enseguida. Mi tía Serafina me acompañó para ayudarme a rezar mis oraciones. Al terminar, me dio un beso, me arropó y cerró la puerta de la habitación. Entonces, se pusieron a hablar; se les oía. Me fastidiaba mucho que los mayores discutieran cuando yo no estaba delante. Imaginaba que pasaba algo con ese hombre que había muerto y me quería enterar de todo. Mi padre estaba enfadado y mis tías le llevaban la contraria. No se distinguía bien lo que decían, pero hubo un momento en que mi padre levantó la voz irritado.

—Parece mentira, vosotras dos, con tanta misa, no os habéis enterado que dejar morir a alguien sin confesión también es pecado.

—Ese tenía muchos pecados en su vida —dijo mi tía María— de poco le hubiera servido la confesión. Además, no sabemos lo que ha pasado. No estábamos ahí y mucho menos tú, que vives tan tranquilo en Valencia.

—No consiento que me faltes, María —gritó mi padre.

—Cuidado, el niño se va a despertar —dijo Serafina.

La discusión terminó y oí que se retiraban a sus habitaciones. En ese momento se oyó la aldaba de la puerta. Salió la criada, Marcela, a preguntar quién llamaba. Era el sargento de la guardia civil que quería hablar con mi padre.

—Don Pedro, es el sargento Castillo.

Esta conversación sí que la pude oír porque mi ventana daba justo a la calle, pero no entendí gran cosa.

—Don Pedro, perdone esta hora tan intempestiva, pero me he enterado que va usted mañana a Murcia.

—Sí, don Leandro me va a recibir.

—Quiero decirle que no podemos hacer nada, que ya sabe cómo son las cosas en el pueblo.

—Han pasado quince años desde que terminó la guerra, esto no puede continuar —decía mi padre.

—Si yo le entiendo, pero excede nuestra competencia. Le pido por favor que cuando hable con el gobernador le diga que en el puesto no sabíamos nada, que no ha habido ninguna negligencia.

—Sargento Castillo ¿Cuántos suicidios como este ha habido en los últimos años? Esta situación se les ha ido de las manos.

—Usted, don Pedro, vive en Valencia y ahí las cosas son diferentes.

Mi padre estalló.

—Qué tiene que ver que viva en Valencia, diantre, me vas a sacar de mis casillas Castillo. Esto va a terminar mal. Muy mal.

Por la mañana estuve jugando en el patio de la casa. Mis tías se fueron a misa y, por suerte, no me dijeron que las acompañara. Me quedé con Marcela.

A mediodía mi padre volvió de Murcia con Paco. Me dijo que me montara en el coche que nos íbamos a “La Rabosera”. Mis tías salieron corriendo a decirle a mi padre que se quedara a comer, pero dijo que no, que comeríamos en la finca, que Pascual o Emilia prepararían algo.

Recorrimos un camino flanqueado por campos de olivos y de viñas, tres kilómetros desde el pueblo por la carretera de la sierra.

Al llegar a la casa Paco tocó el claxon del coche. Inmediatamente salieron los aparceros, Pascual y Emilia. Ella iba vestida completamente de color negro y tenía sombras oscuras en los ojos.

Mi padre les saludó y se acercó a Emilia para decirle algo en voz baja.

Ella, sostenida por su marido lloraba entre convulsiones.

—No nos dejan enterrarle en sagrado, don Pedro, está fuera del cementerio, como si no fuera cristiano.

Pascual me apartó de la escena y me llevó a ver el caballo, Morito, una vieja montura de tiro que servía para labrar los campos. Algunas veces me montaban encima de Morito y me llevaban a pasear, pero ese día Pascual no me lo propuso.

A media tarde volvió Paco a recogernos y nos llevó al pueblo. Mis tías nos estaban esperando y nada más llegar le dijeron a mi padre que don Ramón, el cura, había ido a verlo.

—Pues mira que bien —dijo mi padre —con don Ramón es con quien quiero yo hablar.

Y se fue camino de la iglesia, mientras mis tías se quedaban con cara de preocupación.

Mi tía Serafina me cogió la cara y me dijo:

—Tu padre es muy bueno, demasiado bueno a veces. Y tu ¿Vas a ser misionero? ¿Le vas a dar esa alegría a tu tía?

En ese momento apareció en la puerta un hombre alto y fuerte, con un bigote poblado.

—Con permiso —dijo de una manera resuelta.

—Pasa Juan —dijo mi tía María —si buscas a Pedro, se acaba de ir a la iglesia, a ver a don Ramón.

—Pues le esperó aquí mismo, que seguro que vuelve —dijo el señor llamado Juan, hablando muy despacio, y me señaló preguntando— ¿Este es el pequeño de Pedro?

—Sí —contestó Serafina intentando agradar, y me dijo— Francisco Javier, saluda al señor alcalde.

Pero el alcalde tenía poco interés en mi saludo. En voz baja se dirigió a mi tía María.

—¿Os ha contado algo de Murcia?

—No ha dicho nada —contestó mi tía María.

—Pues a ver si me lo dice a mí, que nos han enviado un telegrama al ayuntamiento diciendo que mañana viene el secretario del Gobernador —dijo el alcalde— para ver a secretarios estoy yo.

Mis tías estaban incómodas, se miraban nerviosas y parecía que temían que algo fuera a ocurrir.

En ese momento llegó mi padre acompañado por el cura, un hombre bajito y con una enorme barriga debajo de la sotana negra.

El alcalde y mi padre se miraron de una manera nada amistosa y sin decir nada. En ese momento, mi tía Serafina me sacó del recibidor y me dijo que le acompañara a tocar el piano. Yo me quería quedar a ver qué pasaba, pero tuve que obedecer.

Aunque mi tía tocaba al piano una canción de zarzuela con toda su energía, las voces llegaban hasta nosotros.

—Los problemas del pueblo los arreglamos en el pueblo —gritó el alcalde— sin señoritos de Valencia ni gobernadores civiles.

—Pues que aparezca un hombre ahorcado no es resolver problemas —contestó mi padre.

El cura intentaba mediar entre los dos sin conseguirlo.

—Y mañana, a este hombre, se le entierra en el cementerio, como a todos —añadió mi padre.

—No es lo que hacemos con los que se suicidan —gritó el alcalde.

—No me jorobes Juan, que los dos somos abogados —dijo mi padre —en Gobierno Civil no hay constancia de que sea un suicidio, pero si quieres se solicita una autopsia.

—No te preocupes —me dijo mi tía, que había dejado de tocar el piano— tu padre es muy bueno; aunque a veces las buenas personas se equivocan.

Por la noche la cena fue más tensa que el día anterior. Ya no se ocultaban para discutir delante de mí.

—Nos vas a traer la desgracia a casa —decía mi tía María entre lloros e hipidos —nos van a retirar el saludo en el pueblo toda la gente de bien.

—Estáis confundidas del todo, obcecadas —contestaba mi padre— esta situación ha durado demasiado.

Por la mañana me despertaron pronto. Mis tías estaban en misa. Desayuné con Marcela, que no hacía más que sonreírme y darme una madalena tras otra. Mi padre me dijo que recogiera mis cosas, que nos íbamos con Paco a la finca y de ahí a Valencia, en el coche.

Al llegar a “la Rabosera”, mi padre se fue con Pascual a ver los campos. Le gustaba pasear por las viñas. Yo me quedé en el coche leyendo mi tebeo por tercera vez. Aunque hablaban bajito, pude oír la conversación de Paco con Emilia.

—Quisiera haber ido al entierro —decía Paco.

—No te preocupes, solo hemos estado mi hermana, Pascual y yo, con el cura —dijo Emilia— a las seis de la mañana. Nos avisaron ayer por la noche; el cura nos dijo que a esa hora, o nada.

—Ahora ya está en el cementerio —dijo Paco.

—Te agradezco mucho que se lo dijeras tú a don Pedro —dijo Emilia empezando a llorar otra vez— yo no hubiera sabido cómo hacerlo.

En ese momento callaron los dos. Mi padre volvía del campo. Nos montamos en el coche y sin pasar por el pueblo, Paco nos llevó a Valencia. El mismo Paco que tantos años después me iba a decir mi madre que había salido elegido concejal.

No volví a saber más de esta historia, pero la siguiente vez que fuimos al pueblo, el ambiente en casa de mis tías estaba normal, como siempre. Vino mi madre con mi hermano recién nacido que atrajo toda la atención de las tías. Ya tenían un nuevo candidato para ser misionero en el África ecuatorial.

Luego acompañé a mi padre a la sociedad de cazadores y oí comentar que había un nuevo alcalde, que el anterior, don Juan, había sido enviado a Cartagena de presidente de una empresa pública muy importante. Estaba tan ocupado que no tenía tiempo para venir por el pueblo. Mi padre, cuando oyó la noticia, sonrió, sin que yo llegara a saber qué significaba exactamente esa sonrisa.


Comentarios