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LA PARADA

 Hoy he salido en el informativo regional de las dos. Es la segunda vez que me sacan por televisión. La primera fue por las lluvias torrenciales de hace dos años. Hoy ha sido por lo que ha pasado esta mañana en el barrio.

Todo ha empezado en la terraza del bar de debajo de mi casa, a la que bajo a desayunar todos los días. No eran las ocho de la mañana y los más madrugadores ya estábamos consumiendo cafeína y noticias, después de una tórrida noche en la que había sido complicado dormir. Mientras el café se templaba, leía la prensa en el móvil.

En la mesa de al lado una pareja de chicos jóvenes bebían Coca-Cola y atacaban un paquete de galletas. No lo entiendo, a esas horas comiendo porquerías. Parecían muy agradables, pero me fijé que no hablaban entre ellos. Tenían los dos unos auriculares puestos y parecía que movían sus cuerpos al ritmo de una música.

En la acera de enfrente una mujer estaba sentada en la marquesina del autobús. Llevaba mucho tiempo ahí, más de cuarenta minutos. Había dejado pasar tres autobuses y parecía estar mal. He tenido la impresión de que hablaba sola, miraba a todas partes como si estuviera preocupada y su cuerpo tenía como sacudidas nerviosas. Daba la impresión de estar llorando.

Le he preguntado al dueño del bar, Chan, o Juan o como se llame, y me ha dicho que no la conocía, y poniendo cara de pena ha exclamado:

—¡Qué mal va a la gente!

Aprovechando que la pareja estaba hablando, les he comentado que veía mal a la mujer de la parada, que le podríamos preguntar si le pasaba algo, o llevarle un café.

El chico se ha puesto muy serio y me ha dicho:

—Deje en paz a los demás, abuelo, y no meta las narices en lo que no le importa.

La chica, con una voz más dulce, me ha dicho que no me preocupara, que ella se acercaría en un rato.

¡Qué diferencia con su pareja! ¿Cómo podrán estar juntos estos dos?

En ese momento ha llegado una furgoneta de la lavandería de enfrente y unos empleados han empezado a sacar unas grandes bolsas.

A partir de aquí, todo ha pasado muy deprisa. A ver si lo puedo contar.

Al lado de la furgoneta se ha puesto un autobús, que parecía que no llevaba pasajeros.

La señora ha hablado con el conductor y se ha subido.

De pronto, la calle se ha llenado de policías que han bajado del autobús y han salido de todas partes.

El chico que estaba a mi lado se ha dirigido corriendo hacia la furgoneta. He visto que de su cintura colgaban unas esposas.

La chica amable nos ha empujado a Chan y a mí dentro de la cafetería, diciendo:

—Esto es una operación policial. Por su seguridad, es mejor que esperen dentro.

Media hora después se habían ido todos y ha aparecido la televisión y me ha entrevistado.

Lo que les he dicho se lo resumo en dos frases:

—Lo he visto todo y no me he enterado de nada.


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