Esta historia no tendría que haber ocurrido. Los personajes no tendrían que estar en ningún relato. Sólo la perfidia del azar ha podido hacer que de la nada surja una trama.
Arturo, Natalia y Marcela. ¿Qué hacen juntos estos tres nombres?
Tenemos un artista moderno, vanguardista, dominante. Él es el arte. Él dice qué es arte. Con su voluntad convierte el más insospechado objeto en materia de exposición, en alimento para los coleccionistas, en objeto de deseo para los museos. ¿Recuerdan aquella zanahoria sujeta a la pared por una cinta aislante? ¿Y el escándalo que se montó cuando se vendió en ARCO por treinta mil euros? Era creación de Arturo Bermejo. Este individuo jamás debería estar en un relato. Su lugar es un ensayo sobre la impostura del arte moderno.
¿Qué decimos de Natalia? Que tiene un padre con dinero. Que tuvo un novio que no llegó a marido porque la cosa se lió. Sustituyó el novio por una galería de arte en pleno centro de la ciudad en la que vuelca su deseo de ser algo. Natalia Hernández no tiene que ganarse el pan, trabaja a pérdidas y eso lo aprovechan los oportunistas para exponer a su costa cuadros que no tienen ni derecho ni revés. Con solo su apellido, Natalia tiene para comer, y para mucho más.
Marcela es el personaje más extraño en esta extraña historia. Arturo y Natalia tienen un nexo de unión en esas manchas dispersas que uno ensucia y la otra vende como si fueran cuadros. Marcela tiene su existencia manchada de color oscuro, no tiene donde caerse muerta ni dónde permanecer viva. Dejó unos hijos en Ecuador, después de que el padre y marido les abandonara, y se vino para la península a echar horas y horas sin descanso en el servicio doméstico y así pagar un cuarto, un sustento y mantener con sus envíos a una abuela, dos padres, dos hijos y tres hermanas. Todo un cuadro.
Las líneas de vida de estas tres personas van confluyendo lentamente. El azar da vueltas en torno a su existencia de forma caprichosa y sorprendente.
El día de los hechos está lleno de pequeños detalles porque las situaciones extrañas tienen muchas causas y ninguna explicación. Iremos paso a paso.
Se iba a inaugurar una exposición de Arturo en la galería de Natalia. Todo son prisas para cerrar los últimos detalles. El peso de la responsabilidad y la tensión nerviosa caen sobre Natalia y su equipo, que son los que se juegan el prestigio de presentar la obra de un impredecible como Arturo Bermejo. Llevan días acumulando objetos de lo más variado, figuras sin pie, vidrios rotos, cuadros sin título. Ya nada les sorprende.
Arturo no les va a acompañar con los preparativos finales porque, ese día precisamente, operan a su madre para quitarle unos pólipos sin importancia y el buen hijo tiene que acompañar a su progenitora por encima de todo. Arturo ha llamado a Natalia para darle ánimos y para decirle que pase por su apartamento a recoger una sorpresa que le ha dejado sobre la mesa. La asistenta le abrirá la puerta. Natalia es incapaz de imaginar la sorpresa que le espera. De un ególatra profesional puede esperarse cualquier cosa.
La asistenta que trabaja en la casa de Arturo es Marcela. El día de los hechos es su primer día de trabajo. Se ha presentado a primera hora recomendada por una amiga y acompañada por un amasijo de nervios en el estómago. Ya le habían dicho que el señorito era artista. Las paredes llenas de cuadros, las mesas con objetos raros, una vitrina con muchas lentejas que forman un dibujo extraño. Dios santo, lo que va a costar limpiar el polvo de aquí. Arturo ha desplegado su encanto de empresario con buen rollo y le ha dicho que sobre todo lleve mucho cuidado con lo que tira a la basura. Las latas de Coca-Cola arrugadas que hay sobre una repisa no son basura, son arte, y valen mucho dinero. Marcela asiente con la cabeza, mientras observa un jarrón enorme, tan alto casi como ella; el vaso es transparente y está lleno de canicas de todos los tamaños y colores. ¿Se ha fijado por casualidad en este jarrón o es una premonición del desastre que se avecina?
Arturo, antes de irse, le advierte que deja un paquete con unas “pasminas” encima de la mesa. Es un regalo para la señorita Natalia, que vendrá dentro de un rato. Arturo, convencido de que puede ligar con todo lo que se ponga a tiro, ha decidido qué pañuelo debe llevar al cuello su galerista el día de la inauguración. En su conversación telefónica, Natalia le ha preguntado con insistencia cuál era la sorpresa que tenía que recoger y Arturo solo le ha dicho:
—Es algo que quiero ver esta noche, en un lugar señalado, cuando se inaugure la exposición.
Esta frase, tan enigmática, tendrá un efecto demoledor. Natalia imagina una última obra de arte para incluir en la exposición.
Marcela se queda sola en el apartamento. El señorito se ha ido al hospital con su madre. La asistenta mira con aprensión la enorme cantidad de trastos, objetos y artefactos que ocupan todo el espacio disponible. Dispuesta a ganarse el pan, empieza por el principio. En la cocina coge un barreño y lo llena con todos los útiles de limpieza necesarios, porque en el armario de la limpieza hay de todo: limpiacristales, cepillos, trapos, bayetas, plumero, quitamanchas, vinagre de limpieza, lejía, cera para los muebles. Sencillos objetos domésticos dotados de unos colores llamativos, ya sea para advertir de su contenido peligroso o por estrategia de márquetin del fabricante. Entre todos los elementos, coloca su atrapa-sueños, un amuleto que siempre le acompaña y le trae suerte. No sabe Marcela que con esa composición de elementos está preparando una auténtica bomba de relojería.
Suena la puerta de la calle. Marcela, con el barreño en las manos va a abrir. No conoce la casa, no conoce los espacios, es su primer día y además, lo que va a ocurrir dentro de un segundo está escrito en el libro del destino, que no tiene piedad con las buenas personas. El barreño empuja el jarrón lleno de canicas, el jarrón cae al suelo, el jarrón se rompe estrepitosamente y cientos o miles de canicas de todos los colores salen corriendo en todas direcciones. Es el día de los hechos y el desastre ha comenzado.
Ahora hay que ir despacio, con la cámara lenta, para entender la confusión que se va a generar. Marcela escucha horrorizada el interminable salto de las canicas. Las malditas esferitas brincan sin cesar, escondiéndose debajo de mesas, sillas, sillones y sofás. Se reparten por todas las habitaciones. Marcela libera sus manos dejando el cubo sobre la mesa. Solo mira al suelo lleno de innumerables bolitas. No ve que ha dejado el cubo encima del paquete de “pasminas” que viene a recoger la señorita Natalia. El cubo esconde el regalo y el timbre del portero automático vuelve a sonar.
— ¿Quién es?
—Hola, soy Natalia, que vengo a recoger una cosa que me ha dejado Arturo.
Marcela abre la puerta y se pone de rodillas a recoger canicas y cristales. Natalia sube al apartamento y contempla el desastre. Todo el suelo lleno de cristales y diminutos trocitos de cristal. Marcela farfulla una explicación y se va a la cocina, en teoría a coger una escoba y un recogedor, en realidad a esconder sus lágrimas; está al borde de una crisis nerviosa.
Natalia con aprensión, quiere irse cuanto antes. Tiene muchos problemas ese día como para empatizar con la asistenta. Mira encima de la mesa y ahí está el barreño con los trapos, la lejía y el resto de útiles de limpieza. ¿Esto es la sorpresa? ¿Esto es lo que el artista quiere ver esta noche en un lugar señalado cuando se inaugure la exposición? No puede ser. Extrañada, llama por teléfono a Arturo, pero tiene el móvil apagado, porque debe estar ya en el hospital acompañando a su madre. Entonces Natalia observa que entre los cepillos y la lejía hay un objeto extraño, un aro de madera con una red en su interior y diversos objetos colgando. Aquí hay algo, esta es la sorpresa.
Natalia coge el barreño, se despide dando una voz y baja a la calle. Tan nerviosa está que no quiere acercarse a la asistenta ocupada en recoger canicas del suelo. No es momento de ser solidaria. Tan alterada está que no ve un paquete de “pasminas” que ha quedado abandonado sobre la mesa.
Marcela tiene la vista nublada por las lágrimas, está a punto de salir corriendo y abandonar la casa. Vuelve a la sala con el recogedor y la escoba dispuesta a recoger el desastre. ¡No puede ser! Marcela ve que las “pasminas” están sobre la mesa. La señorita se ha debido enfadar y se ha ido sin cogerlas. Coge corriendo el paquete y se asoma al balcón. Abajo está Natalia, colocando con mucho cuidado en el asiento trasero de su coche el barreño con los productos de limpieza. Qué raro, piensa Marcela, se deja el regalo y se lleva mi cubo de limpieza, y mi atrapa-sueños. Marcela no entiende nada. Grita para llamar la atención de Natalia pero la galerista se ha montado en el coche y ha emprendido el camino de regreso a la exposición. La asistenta piensa que esto es lo más parecido a una pesadilla y rompe a llorar desconsoladamente.
Natalia da vueltas a su cabeza mientras conduce. Con el teléfono de manos libres llama a su secretaria:
—Todos tienen que dejar lo que estén haciendo y acudir a la sala de reuniones. Arturo nos ha dejado un bombazo de última hora y hay que hacer cambios en la exposición. Llego en quince minutos.
En la cabeza de Natalia bullen las ideas. Acostumbrada a que cualquier objeto de la vida diaria ocupe un lugar de privilegio en las exposiciones artísticas, desde una cama deshecha hasta un vaso de agua medio lleno, piensa que no es imposible que un conjunto de artículos de limpieza sean la última creación de Arturo Bermejo. Cosas más increíbles se han visto. Su padre siempre le ha dicho que hay que convertir las crisis en oportunidades y esta es su oportunidad. Su galería de arte va a dar la campanada con esta exposición.
El equipo de Natalia lo forman dos becarios en prácticas, alumnos del reputado master sobre arte moderno de la universidad local y una secretaria con contrato a tiempo parcial. Natalia les enseña el cubo de limpieza y les pone en antecedentes.
Hay silencio en la sala. Miran la mesa mientras se observan con cautela unos a otros.
—No tengo palabras —dice Rubén, uno de los becarios.
Continúa el silencio mientras pasean la vista entre las bayetas y los detergentes.
—Lo mismo me ocurre a mí —confiesa Natalia —que no tengo palabras.
Tímidamente, el equipo se sobrepone a la situación. Surge el recuerdo de santa Teresa, que situaba a Dios entre los cacharros de la cocina. Arturo ha conseguido algo similar, el arte conceptual reside en la colección de artículos de limpieza que hay en ese cubo. Están creando un hilo conductor que viaja desde la mística del siglo XVI al conceptualismo actual.
Deciden poner la nueva obra maestra en un lugar de honor, justo en el centro de la sala de exposiciones. De esta manera, la orientación de Arturo, que quiere ver esta noche en un lugar señalado la sorpresa que le había reservado a Natalia, se va a cumplir.
Laura, la secretaria de Natalia, que destaca entre todos por su sentido práctico de la vida, señala que habrá que advertir al equipo de limpieza que no se confundan y se apropien de la obra de arte para sus labores diarias. Los becarios le miran con desprecio por no estar a la altura de la situación, pero Natalia le da la razón mientras un escalofrío de inseguridad atraviesa su espalda.
Marcela ha terminado de recoger los cristales y las canicas, pero no ha conseguido serenarse. Dos pensamientos le atormentan, que tiene que hacer llegar a la señorita Natalia el sobre con las “pasminas” y que tiene que recuperar su cubo de limpieza con su amuleto atrapa-sueños.
Localiza a la amiga que le consiguió el trabajo, le explica la situación y obtiene la dirección de la sala de exposiciones. Está lejos, pero no lo piensa más y se pone en marcha. Sabe que el trabajo lo ha perdido, pero no recuperar su amuleto le condenará a la mala suerte de por vida.
Arturo sale del hospital satisfecho. Su madre está bien. Le ha dado una de esas cenas hospitalarias consistente en puré, pollo y plátano. La mujer se queda satisfecha descansando, y el hijo se dirige a la galería de Natalia. Quiere estar con el suficiente adelanto sobre la inauguración de la exposición. Entra al mismo tiempo que Marcela. Los dos se miran, pero no saben que decirse. Marcela no quiere empezar a contar la complicada historia que le ha ocurrido esa mañana y Arturo supone que le habrán pedido ayuda para reforzar el equipo de limpieza de la galería.
¿Qué ocurre cuando en el mismo momento se juntan nuestros tres personajes en el centro de la sala de exposiciones al lado de un pedestal en el que está expuesto el cubo de limpieza con un cartel que lo identifica como la última obra, y sin duda la más brillante, de Arturo Bermejo?
¿Puede aclararse de una manera razonable esta confusión? ¿Hay manera de dar marcha atrás y solucionar el equívoco?
Las palabras surgen abruptamente de tres gargantas a la vez. Las exclamaciones se suceden. La verdad, tímidamente, pugna por salir a flote entre la cólera del artista, el berrinche de la galerista y el sofocón de la asistenta. Pero las desgracias no han hecho más que empezar. No hay solución posible a este enredo porque nos falta por presentar a un cuarto personaje. Un testigo silencioso de toda esta escena.
Hay que retroceder media hora antes de que simultáneamente aparezca el artista y la asistenta en la sala de exposiciones.
Está discutiendo el equipo sobre el título con el que nombrar la nueva obra maestra. Sin ideas brillantes sobre la mesa, se aprueba la propuesta de Rubén:
—“Sin Título”; creo que es la opción más conveniente —dice el becario— tiene la ventaja de que expresa la confianza en la capacidad del espectador para interpretar la obra.
Avisan a Natalia que le espera Alberto Contreras, el periodista especializado en arte del medio de comunicación local. Natalia le enseña la exposición mientras Alberto toma notas. Se detienen ante una urna que contiene cristales rotos mezclados con trozos de papel manchados de tomate. El periodista se fija en el cartel con el título de la obra: “Sombra en el vacío”.
—No lo entiendo —dice Alberto— ¿Qué quiere decir esto?
—Es una denuncia —explica Natalia en plan didáctico—, Arturo, que ya sabes que es un artista comprometido, lanza un grito de protesta contra el abandono al que los poderes públicos han sometido al arte. Una sociedad que no apoya la cultura, va por muy mal camino.
En ese momento se acerca Marina con un portafirmas.
—Perdonad que interrumpa, Natalia, es urgente que firmes esto. Es la aceptación de la subvención de Cultura, que ha llegado hoy.
—¿Os subvenciona la Comunidad? —pregunta Alberto.
—Sí, qué menos. Después del esfuerzo que hemos realizado —reconoce Natalia—; en esta exposición tenemos el patrocinio del Ayuntamiento y una subvención de la Dirección General de Cultura.
Caminando por la exposición, Natalia y Alberto llegan al espacio central. Sobre un pedestal, cubierto por una urna de cristal, se encuentra el cubo de la limpieza de Marcela.
—La obra que ves —Natalia entona sus palabras con energía— es lo último que nos ha proporcionado Arturo para la exposición. Hoy mismo ha llegado.
¿Han pasado quince minutos? Eso parece. Estamos en el momento decisivo. Llega Marcela con las Pasminas. Llega Arturo con la sorpresa pintada en el rostro. Empiezan las explicaciones. Alberto, que no sale de su asombro, va tomando nota de todo. Al día siguiente el equívoco es noticia en la prensa local. Un ácido artículo en el que critica a los aprendices de brujo que pueblan las llamadas vanguardias artísticas. Natalia y Alberto ni se hablan, después del altercado del día anterior. Marcela llora desconsoladamente tras haber perdido su trabajo y su amuleto. ¿Fin de la historia?
Carmelo se presenta en la casa de Natalia. Llama a la puerta insistentemente.
—No coges el teléfono, he tenido que venir a tu casa.
Natalia pone cara de no querer saber nada.
—Tienes que venir a la galería. Hay cola para entrar. Todos quieren ver el cubo de limpieza.
Natalia pone cara de extrañeza.
—Un tipo ha puesto un tenderete en la puerta vendiendo atrapa sueños, se va a forrar a nuestra costa.
Natalia se sujeta la cabeza.
—Por las redes ha corrido el rumor que lo de ayer estaba preparado, que era una instalación. Alberto, el periodista, dice que le hemos engañado.
Natalia se acordó de su padre: hay que convertir las crisis en oportunidades.
—Espera diez minutos que me arreglo y vamos a la galería. ¿Por cuánto venden el atrapa sueños?
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