Ocurrió el día del gran apagón. Tuvimos que buscar por todas partes cosas cuya existencia apenas recordábamos: velas, cerillas, mecheros, hornillos de camping, linternas, pilas, radios analógicas. En algún momento pensamos: otra vez la pandemia.
La búsqueda de material útil para un mundo a oscuras me llevó, armado con una linterna, al trastero, lugar misterioso en el que se conservan las radiografías de nuestra vida pasada. Abrí el cajón de una mesa de cocina abandonada y ahí, entre cubiertos, encontré una vieja llave que parecía buscar un lugar en mi memoria.
En ese momento se oyó una exclamación generalizada y volvió la luz. Sin embargo, la tranquilidad no llegó a mi alma porque la aparición de aquel objeto me estaba encerrando en su tela de araña.
Subí al piso, puse la llave sobre la cómoda y Julia la reconoció inmediatamente.
—¿Vamos a ir? —dijo con voz temblorosa.
—Sí —contesté— ha llegado el momento.
—¿Por qué? Nos podemos quedar aquí. Nadie sabe que la has encontrado.
—El problema es que es ella la que me ha encontrado a mí —respondí secamente— te puedes quedar, pero no va a servir de nada, sabes que esto nos implica a los dos por igual.
—Pero tenemos hijos —dijo suplicante Julia— ¿Qué va a ser de ellos? ¿No se puede conseguir algo parecido a una tregua? ¿Un aplazamiento?
—Nuestros hijos se pueden quedar. Haremos lo que quieras. Tampoco sabemos qué va a ser de nosotros después del viaje de vuelta. Pero si se quedan, no les podemos explicar nada. Será una desaparición. No habrá ni siquiera una despedida.
Julia se resignó. Fui a cogerle la mano, pero no me dejó. Abandonó la sala y se refugió en el estudio. Eso lo ponía más difícil todo.
Puse en marcha el gran destructor. Tardó varias horas en reducir a cenizas el material comprometido. Lo metí todo en una mochila vieja y lo llevé al lago. Hundí en el agua los residuos de veinte años de vida.
Después mandamos a los niños a comprar helados al centro comercial. En cuanto doblaron la esquina provocamos los cortocircuitos; la casa se incendió mientras nosotros desaparecimos por la ruta oscura camino de la última frontera. Por si acaso la historia de la mujer de Lot era cierta, no volví la vista a atrás, pero mi mano apretó con todas las fuerzas la vieja llave encontrada en el trastero.
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