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LA MALETA PERDIDA

 En la estación de tren hay un teléfono público que nadie usa. Es un modelo antiguo, de esos de metal y con el auricular pesado. Los viajeros pasan de largo, con sus maletas sobre ruedas y sus móviles en la mano. Pero un día, de manera inesperada, se escucha el timbre sonoro del viejo teléfono jubilado y soy yo quien lo coge.

Una voz calmada que no reconozco me da unas instrucciones precisas. Debajo del aparato telefónico está pegada con esparadrapo la llave de una consigna. Ahí encontraré un billete y una maleta. Tengo que montarme en el tren y llevar la maleta a su destino.

Lo primero que pienso es que voy a transportar una bomba. Que me voy a subir a un tren que va a estallar en mil pedazos conmigo dentro. Pero es difícil que la maleta contenga un explosivo porque en la entrada de la consigna hay un escáner y lo habría detectado.

La maleta pesa bastante y tiene un cierre de seguridad con combinación. Imposible ver qué hay dentro y está descartado pedir ayuda a la policía. Me han amenazado con toda claridad.

Miro el billete y veo que voy a viajar a Barcelona y que quedan apenas quince minutos para subir al tren. Paso por el control de equipajes. No sé si prefiero pasar desapercibido o que me descubran ya. A veces es mejor un final desastroso que un desastre sin final.

Subo al tren y pregunto la hora. No llevo reloj porque con el móvil perdí la costumbre de llevarlo y el teléfono es lo primero que me han quitado. El tren arranca y veo en las pantallas informativas que llegaré a Barcelona en una hora y cuarenta minutos.

Intento pensar en otra cosa, me voy fijando en los árboles y los campos, pero tengo seca la garganta, siento un peso que oprime mi pecho y no me deja respirar. Me gustaría imaginar que esto es un mal sueño, que todo terminará bien y podré retornar a la aburrida monotonía diaria que era mi vida hasta esta mañana.

Desde luego, han sabido cómo pillarme. Mi pasado me persigue y he sido una presa fácil. Si sacan a la luz todo lo que escondo va a ser el fin. Ni yo lo aguantaría ni puedo someter a mi familia a semejante vergüenza. Estoy atrapado. Si fuera rico me habrían desvalijado. Como soy pobre me están utilizando de mula, para transportar drogas, o diamantes, o secretos.

Veo que un pasajero me mira fijamente. Es posible que me estén controlando, aunque quizás son imaginaciones mías. Ya me han advertido que tenía que aparentar tranquilidad.

Anuncian la llegada a Barcelona. Me levanto y voy a por la maleta al compartimento de equipajes. No está. No puede ser. La maleta ha desaparecido. Miro por todas partes. Alguien la ha debido coger en la parada anterior, en Tarragona. Estoy perdido. Siento como si me estuviera ahogando. ¿Qué va a pasar ahora?

Bajo al andén como si fuera un zombi. Un río de gente me lleva hasta las escaleras mecánicas. Deseo con todas mis fuerzas despertar de esta pesadilla, pero no estoy dormido, por desgracia. Llego al vestíbulo y empiezo a dar paseos sin sentido. De pronto oigo el sonido de un teléfono, estoy pasando delante de una cabina de las antiguas en la que hay un viejo aparato que está sonando. Entro en la cabina, dudo durante unos instantes, descuelgo con miedo para oír cómo una voz serena y calmada me da las instrucciones que tengo que obedecer.


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