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LA FUENTE DE LOS INCRÉDULOS

 —Cuéntame. ¿Estuviste? Dímelo todo, hasta el último detalle.

Jacinta interrogaba a su primo, ansiosa porque le relatara las novedades de la ciudad. Había llegado después de un largo viaje, desde Pedrola, para asistir a la boda de Josefa, la hermana de Mariano y prima de Jacinta. Pero a la joven, curiosa e instruida, le interesaban más las novedades de Zaragoza que el ajuar de boda y los detalles de la ceremonia nupcial. Y es que por todo el reino se comentaban los sucesos de los últimos días.

—¿Es verdad que don Ramón llegó de pie sobre la barca capitana? ¿Le viste? ¿Qué dijo?

Mariano, encantado de ser el foco de atención de su prima, no se hizo de rogar.

—Toda la ciudad, salvo los muy viejos y los muy enfermos, todos estábamos en el puerto del canal. En primer lugar las autoridades, el señor Arzobispo, la Audiencia, el Cabildo y una multitud de gentes de San Pablo, Tenerías, Arrabal, las huertas. Hasta vinieron gentes de Cuarte y de Torrero.

—Pero todos, todos, no estaban —dijo Jacinta deseando escuchar lo que ya sabía.

—Los de la Casa de Ganaderos faltaron en su mayoría. Pero a alguno le pudo la curiosidad y se acercó a mirar.

—Y cuenta, cómo fue —insistió Jacinta.

—Llegaron seis barcas navegando por las aguas. La primera, la capitana.

—Con don Ramón —interrumpió Jacinta

—Calla, que no me dejas —Mariano estaba encantado de tener a su prima, de la que estaba enamorado, tan atenta. Le gustaba todo de ella —En la nave primera iba don Ramón Pignatelli: erguido, orgulloso, elegante y soberbio.

—Claro —dijo Jacinta con ímpetu —cobrándose tantos años de chanzas, burlas, zancadillas y vituperios.

—Cuando el conde de Aranda le nombró protector del canal imperial, tuvo que ir hasta Holanda para pedir prestado el dinero de las obras.

—¿Y dónde está Holanda? —preguntó Jacinta.

—Muy lejos —contestó Mariano.

—¿Más que Roncesvalles? Mi padre estuvo una vez en las montañas.

—Holanda está más lejos —insistió Mariano intentando aparentar seguridad.

—Pero sigue. Llegó la escuadra con seis barcas —Jacinta sabía contar y no iba a perder detalle del relato.

—La primera barca era de remos —continuó Mariano —bien pintada y adornada con varios pabellones y banderas con las armas de Aragón y de España. Las siguientes barcas, venían arrastradas por caballos, llenas de gente, con música, disparos de voladores y todo tipo de productos traídos de la huerta de Tudela.

—Y de la huerta de Pedrola —precisó orgullosa Jacinta— que desde que llegó el agua del canal cada vez tenemos más campos sembrados y más manos ocupadas.

—Esto es lo que dice don Ramón, que el agua da riqueza al campo y a las personas.

—Pero el marqués de Ayerbe y los ganaderos no quieren más que pastos para sus animales.

—Por eso le han hecho la vida imposible —continuó Mariano —le han tratado como un lunático, se han reído a sus espaldas, hasta en el propio cabildo le han puesto todo tipo de dificultades.

—Miserables —dijo Jacinta indignada —ahora que el canal está terminado no habrá quien le levante la voz.

—Pero no sabes lo mejor —Mariano sonrió administrando su conocimiento de un secreto.

—Cuenta, dime, qué es lo que sabes.

—Nuestro vecino Cosme es marmolista y viene días trabajando en una gran lápida con una inscripción personalmente encargada por el secretario de don Ramón —Mariano continuó bajando el tono de voz —en el puerto del canal, en Romareda, van a poner un molino en una casa, toda de color blanco, que ya se ha construido. Y al lado una fuente de piedra, con agua fresca del canal y la inscripción que ha encargado don Ramón.

—Y que dice, cuéntamelo, no tardes.

—Lo pone en latín, pero se entiende bien. La inscripción reza: para convencimiento de los incrédulos y para descanso de los viajeros.

—Qué acertado —dijo Jacinta dando palmas y riendo con alegría —y dices que está al lado de un molino.

—Sí, cuando vengas por el canal en tu próximo viaje, que ya se podrá venir en la barca de viajeros, lo verás: una casa blanca y al lado la fuente dedicada a los incrédulos. Ahí estaré esperándote yo.

—No sé cuándo volveré a venir a Zaragoza —dijo Jacinta con un mohín lastimero.

—Igual para una próxima boda —contestó Mariano, sin poder evitar ponerse colorado.

Y a Jacinta se le alegró la cara.


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