Ir al contenido principal

UN DOMINGO CUALQUIERA

 El abuelo y yo éramos compañeros de clase en la escuela normal de Santander. En aquellos años estudiábamos muy pocas mujeres y nos poníamos todas juntas, separadas de los chicos. Pero él se acercaba a nosotras y nos daba conversación. Sin yo saberlo, se había enamorado de mí. Pero vuestro abuelo era muy tímido. No se atrevía a decirme nada y mucho menos a proponerme relaciones formales.

Un día nos contó que le había gustado mucho una novela que había escrito una chica joven, que había ganado un premio importante en Barcelona. Le pedí prestado el libro y el abuelo tuvo una idea: escribió una carta en la que me proponía ser novios y la metió entre las páginas del libro. Esperó, lleno de nervios, a que en los días siguientes me encontrara la carta, la leyera y le diera alguna respuesta.

Los días iban pasando y él veía que yo no le decía nada, estaba en ascuas. Mi trato con él seguía igual, como si no hubiera pasado nada. No penséis que estaba jugando con el abuelo. Sencillamente, no había abierto el libro todavía porque en realidad se lo había pedido prestado para que lo leyera mi padre, que tenía curiosidad por conocer esta novela. Cuando el abuelo me dio el libro, con su carta de amor escondida entre las páginas, yo lo dejé en la mesita en que mi padre tenía sus lecturas y ahí se quedó de momento, acumulando polvo.

El siguiente domingo, como todos los festivos, mi padre aprovechaba las mañanas para leer y las tardes para pasear con mi madre. Y cogió el libro que me había prestado el abuelo. Debió encontrar la carta enseguida y leyó lo suficiente para saber de qué iba el asunto. De momento se calló, no dijo nada.

Por la tarde, estaba ya arreglada para salir, cuando mi padre me llamó. Me dijo que pasara a su despacho. Se sentó detrás de la mesa y me indicó que me sentara al otro lado. Me enseñó el libro. Me preguntó si sabía lo que había dentro.

Yo estaba un poco sorprendida. ¿Qué puede haber dentro de un libro?

Entonces mi padre me enseñó la carta. Me dijo que la había encontrado entre las páginas del libro y que iba dirigida a mí. Me indicó que la leyera.

Sin tener ni idea de qué iba aquello, me puse a leer la carta. No podía creer lo que estaba escrito. ¡Qué cosas! De pronto empecé a sentir que tenía mucho calor. Mis mejillas estaban rojas, incandescentes, me hervía la sangre.

Miré a mi padre. Él tenía una mirada neutra. Me preguntó si era la primera vez que leía esa carta y si sabía quién la había escrito. Le dije la verdad, que sabía quién era el autor y que desconocía la existencia de la carta.

—Entonces tienes que aclarar la situación —me dijo —si lo puedes hacer por ti misma, adelante, si necesitas que intervenga yo y que hable con alguien, me lo dices.

Me dijo que solo había leído el primer y el último párrafo de la carta, pero la vergüenza que había pasado, eso ya no me lo quitaba nadie de encima.

Salí a la calle. Me olvidé de mis amigas. Fui a la taberna en que se reunían los chicos de magisterio dispuesta a partir la cabeza de vuestro abuelo, a clavarle un cuchillo. Y ahí estaba él, que se acercó a mi encuentro con cara de alegría al verme. No sé cómo, empezamos discutiendo, gritando, riñendo y acabamos riendo.

Cuando volví a casa mi padre me lanzó una mirada penetrante. Me acerqué a él. Me preguntó si era necesario que hablara con alguien. Le dije que sí, que por favor, que yo no me atrevía, que me daba mucha vergüenza, que hablara él con mamá y le explicara que ya tenía novio.


Comentarios